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Herman Hesse puede ser catalogado como apto para todo público. Obviamente no sólo por el contenido en sí mismo de su obra, sino también por el encare de las temáticas que ésta toca. Los fanatismos con Siddharta, Demian o con El Lobo Estepario proliferan por todas partes, y Hesse aun apasiona por doquier.

La lectura de Hesse conquista de primera mano. Conocer su obra es definición de introspección y autoanálisis, y puede ser entendida de diferentes formas según la historia y mentalidad de su lector singular. El autor no le habla a sus lectores, le habla al lector singular, que percibe sus escritos de manera subjetiva y personal, entendiendo cada detalle y suceso con una significación con sello propio.

Sus personajes encarnan personalidades múltiples, y si hubo algo que destacó a Hesse en su totalidad como escritor fue su habilidad para crear personajes. Es imposible no encarnarse con Emil Sinclair y todo su desarrollo personal, o con Harry Haller y sus tribulaciones mentales; y este encarnarse es una empresa personal, paralela a la forma de ser del lector particular. Es por esto tan común conversar con lectores de este maestro de la literatura del siglo XX y que cada uno entienda a sus personajes de manera particular.

Hesse debe ser leído centrado en uno mismo, y no centrado en el autor. Es una experiencia personal y completamente subjetiva. Su obra ha de leerse desde los ojos de uno mismo y no centrándose sólo en lo literario y lo estilístico. Sólo procediendo de esta manera se podrá comprender el sentido de cerrar los ojos y pensar en Hesse, pensar en uno mismo.