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Unos cuantos letrados consisten en señalar Viaje al fin de la noche, la obra magna de Louis-Ferdinand Céline, junto a los siete tomos que componen En busca del tiempo perdido (escrita por el gran Marcel Proust) como las dos obras más destacadas de la narrativa del siglo XX.

Viaje al fin de la noche ha trascendido sobremanera las esferas intelectuales y literarias, y ha sido traducida a numerosos idiomas, legando a manos del mundo entero. La concepción del libro ha inspirado varias manifestaciones artísticas, entre las que se suman el arte pop y el rock psicodélico.

Esta novela, como todas las de Céline, presenta rasgos autobiográficos. Pero el viaje que emprende la obra por todo lo mundano trasciende los límites de lo biográfico y lo personal, ampliándose numerosas veces a esferas abarcativas de todo lo humano existente sobre este mundo. Viajar lo es todo, es una experiencia inmensa del conocer. Así lo ve Céline.

Con una visión del mundo seca y mordaz, Ferdinand Bardamu —el personaje de la obra, que tiene similitudes con el propio Céline (y con todo lector)— averigua la vida en tres continentes. Dialoga con ella y se juegan partidas de cualquier deporte. Bardamu quiere la vida, pero no esa, no la vida nuestra, de los humanos. Bardamu es un viajero sabio: observa silencioso y cobarde todo lo que ocurre a su alrededor, mientras piensa en otra vida, la suya propia, en la que, sincero, puede hacer lo que se le de la gana.

Muy astuto e implacable, Céline viaja hasta el final de la noche, del día, de la tarde y de la madrugada, recorriendo caminos que todos recorremos en mayor o menor escala alguna vez, y para los que jamás estaremos preparados.