risa.JPG

risa.JPG

Antes de ayer llegó a mis manos un cuento que me pareció de carácter excepcional. Tenía que ser de Leónidas Andreyev, por supuesto. Este dramaturgo y cuentista que sufrió más de una vez las duras críticas de la comunidad literaria rusa gozaba de una calidad finísima para meter al lector en la atmósfera de sus narraciones.

Es así como en La risa se nos cuenta la historia de unos amigos que deciden ir a una fiesta disfrazados. Al estar desprovista la tienda de disfraces de atuendos limpios y de buena calidad, estos amigos se ven obligados a disfrazarse de personajes indeseados. De este modo es como el protagonista se disfraza de mandarín.

El atuendo consiste en el típico traje, pero con un aditivo que resignifica al disfraz en sí mismo: una máscara. Este es el cuento: la máscara. Este elemento del disfraz causa una risa incontenible a aquellos que la miran, a tal punto que lo único que puede expresar el protagonista en todo momento es risa. Solamente risa.

Aquí es como el cuento penetra en nuestras entrañas. La impotencia que le genera esta risa de los demás al portador de la máscara, se envuelve en un gigantesco torbellino de desesperación. Los sentimientos encontrados, el amor por una joven… todo causa risa. Risa y risa, que detrás de la máscara hace llorar con lágrimas angustiosas al personaje, quien no puede sacarse la máscara debido a un absurdo juramento previo que lo impedía.

La identidad se disuelve en una máscara sobre la cual juegan los que la miran (la sociedad), el ridículo juramento (el convencionalismo), la tristeza de su portador (uno mismo, la individualidad). Andreyev teje una telaraña de conceptos vinculados en una máscara.

Al finalizar el cuento, el lector termina subsumido en la mente del personaje. Imposible reírse. Uno llora.